jueves, 20 de octubre de 2011

Cuaderno de campaña II

Sigo sosteniendo que el nacionalismo es un rumbo político equivocado. Hablo de rumbo porque nada permanece en el mismo sitio y no creo que haya métodos fiables para identificar lugares donde convenga quedarse quietos, de manera que probablemente debamos conformarnos con juzgar pasos o trayectorias, tratando de elegir los mejores. Insisto, el nacionalismo es uno de los peores, un viaje organizado en dirección contraria a la que sugieren la razón y la compasión.

El nacionalismo es una enfermedad política que engendra partidos enfermos y al mismo tiempo enferma a cualquiera que entra en contacto con él. Hay varias cepas que inciden sobre diferentes poblaciones de riesgo, tanto a derecha como a izquierda del arco. Nadie está a salvo. Lamento especialmente comprobar una vez más que cierta parte de la socialdemocracia está gravemente infectada por la variante periférica del nacionalismo, la misma que parece ser ya endémica en Cataluña. 

Urge una campaña de vacunación. 

domingo, 16 de octubre de 2011

The Tree of Life

En ocasiones el cine (o la televisión que puede llamarse tal) me emociona con una intensidad que no logra ninguna otra experiencia común. Es lo que tiene ser un sentimental. La música es un ingrediente indispensable y primordial en cualquiera de esas sacudidas emocionales, como la que viví con la última película de Terrence Malick, otro tipo sentimental, sin duda. En ella, entre la banda sonora original de Alexander Desplat y un amplio conjunto de piezas clásicas, sobresale una obra de François Couperin, Les barricades mystérieuses, música barroca de brillo universal que permite concentrar el poético argumento de la película...

 

... y saborear al mismo tiempo el recuerdo de un buen día de cine.



Si disfrutar o no de una película es siempre un asunto estrictamente personal y misterioso, en este caso lo es aún más si cabe.




Nuevamente son las inclinaciones, el natural sentido que atribuimos a la vida y el modo en que finalmente nos reconciliamos con ella. Es el camino que va mostrando nuestra consciencia cuando nos detenemos a emplearla.

 

Sé que hay varias respuestas pero estoy de acuerdo con la suya, Mr. Malick.

jueves, 13 de octubre de 2011

Titulando

Presto atención a los apuntes sobre periodismo que publica Arcadi Espada en su página ”El Mundo por dentro y por fuera”. Comprendo su preocupación por el futuro de la profesión y estoy de acuerdo en la importancia que atribuye al periodismo en la necesaria ordenación del complejo e inabarcable mundo que nos rodea.

En su entrada del pasado 11 de octubre de 2011 (”Las noticias impresas quedan impresas”) vuelve a plantear esa cuestión que permanentemente sobrevuela su blog, es decir, “si la sociedad democrática puede prescindir de la autoridad (gestionada por los periodistas, pero en la que participan muchos otros agentes) que señala cuáles son los asuntos y qué importancia tiene cada uno y entre sí”. Yo también creo que la respuesta es no, aunque como en cualquier institución que asumimos necesaria pero imperfecta, a mi juicio el esfuerzo debe concentrarse en cómo mejorarla, interés que es evidente y constante en los análisis de Arcadi Espada.

El periodista añadía una nueva e interesante sugerencia en esa misma entrada: “quizá hayamos liquidado con demasiado desdén y premura al lector de periódicos que sólo lee titulares. Los titulares no son importantes sólo por lo que lo llevan dentro, sino por las relaciones de jerarquía que mantienen con los otros titulares. Es decir, de la lectura rápida de los titulares de los periódicos quizá se obtenga un contenido informativo superficial, pero también una relación sofisticada de la importancia de los asuntos. En los periódicos los titulares son algo así como «una lista inteligente» Trasladados a twitter o facebook, es decir, allí donde el orden se debilita o desaparece, dejan de ser inteligentes para quedarse sólo en titulares”.

Al día siguiente me fijé en la portada de la edición impresa de “EL MUNDO” para aplicar el razonamiento. Trato de encontrar la valoración de la importancia (relativa) de los asuntos que subyace a los titulares y los voy contando. Primero, segundo y tercero. La lista inteligente. El tercero: “Asesores de Rubalcaba le piden que se ponga fundas en los dientes”. 


Un día antes el periodista bromeaba diciendo que “distingo a cuatro leguas la cabeza del que lee periódicos y la de su inverso”. Creo que las diferencias más observables las marca el tipo de periódico que se lee y, por encima de todo, el modo de leerlo. No bromeo. Leer según qué periódicos de según qué manera puede ser tan pernicioso, si no más, que no leer ninguno.

martes, 11 de octubre de 2011

Cuaderno de campaña I

Un derrotado no puede permitirse el lujo de parecer malencarado. El P.S.O.E. haría bien en ocultar a Elena Valenciano, al menos durante la difícil travesía que se avecina.

Solo me interesa la verdad y la justicia, pero si el asunto de la gasolinera llegara a tener la menor sustancia el P.S.O.E. haría bien en aprovechar la ocasión para librarse de José Blanco, un buen ejemplo del político profesional que no nos conviene.

En estas fechas ya casi electorales siempre acabo poniéndome nostálgico




¿Quién no los echa de menos?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La vida contada

Leo el último artículo de Enrique Lynch, "La vida en serie" y me siento aludido. Quizá sea la peor sensación posible para analizar objetivamente nada: provoca respingos. 

No comprendo la extraordinaria singularidad que Lynch quiere atribuir a las series de televisión a las que se refiere, que a mi entender no son más que otro ejemplo, tecnológicamente actualizado, de la viejísima tradición o necesidad humana de contar y escuchar cuentos. Cambiando un par de palabras (productor o guionista por editor o escritor) Enrique Lynch podría estar hablando en su artículo de literatura, no digamos de cine. Se empeña en buscar parecidos con radiadas aventuras de Tarzán (podría haberlo hecho con "La Saga de los Porretas", que me cae más cerca), cuando en realidad lo que atribuye a las series bien podría decirse de la lectura de “Guerra y Paz”, por ejemplo.

No parece el texto de un escritor y profesor de filosofía sino el de alguien que ve series de televisión con mala conciencia. 

Y esta entrada no parece, sino es, un respingo de un tipo ocioso, aburrido y solitario.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Impasiblemente asustado

No lo aparento. Nadie puede verlo, solo yo sentirlo desde hace un tiempo. Con cierta angustia lo recordé al ver una escena de "The Sinking of Laconia", una miniserie sobre un incidente histórico.


Allá vamos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Perdido

Una de las múltiples ventajas del gigantesco flujo de información de Internet radica en su capacidad para disipar algunos errores, impresiones equivocadas que de otro modo se mantendrían indefinidamente. Ahora mismo me pregunto cuántos de unos y otras llevo a cuestas. Sé que Internet también genera errores, pero no hay duda de que el balance global es extraordinariamente positivo.

Me refiero a los errores ingenuos e inofensivos cuyo descubrimiento a lo sumo nos provoca una sonrisa. En mi caso el anterrequetepenúltimo de esa especie fue la impresión que tuve al oír por vez primera Every Teardrop is a Waterfall de Coldplay. Pensé que el arranque reproducía aquel Ritmo de la noche que diría que bailé si pudiera recordarlo, y me sorprendió lo que parecía un descarado plagio que se añadiría a aquel otro asunto. La red me aclara que todo tiene su explicación. Una que además me permite conocer la singular historia de Peter Allen, lo que me lleva al musical The Boy from Oz, donde con cierta sorpresa tropiezo con Hugh Jackman, que me recordará a la saga de X-Men, concretamente a su First Class, aquella película que le gustó tanto al pequeño como a mí, protagonizada por un Michael Fassbender que habrá de llevarme en su momento a las recientes Shame y A Dangerous Method. Y así.


Y yo con estos pelos enfrentado a un recurso que no sé por dónde empezar. Qué peligro tiene la red. Cómo me pierde.

martes, 30 de agosto de 2011

Mal sueño

Me cuesta conciliar el sueño y me despierto demasiadas veces durante la noche. No sé si atribuirlo a la inminencia de septiembre o a lo que ando leyendo: un libro de viajes por el infierno confeccionado a partir de diarios de un puñado de viajeros. Algunos son o serán escritores. Todos, por un tiempo, serán blogueros de la época.



Frente a Paolo Monelli, cazador de montaña del ejército italiano, se encuentra el cadáver de un oficial del cuerpo sanitario austríaco que se pudre a escasa distancia de su trinchera. Un compañero de Monelli se ha hecho con la cartera del enemigo muerto y han podido ver las fotografías personales que contenía. Monelli se dirige al cadáver:

¿De qué te sirve a ti el haber contemplado el mundo con tanta avidez, el haber sostenido el cuerpo joven de ella en tus brazos, el haber partido a la guerra como si fuera una vocación? ¿Tal vez hasta a ti te embriagó la elevada misión y tu posición en la vanguardia y la idea de que tal vez tu destino fuera el sacrificio? Muerto, ¿por quién? Los vivos que tanta prisa tienen, los vivos que se han acostumbrado a la guerra como quien se acostumbra a un ritmo de vida ajetreado, los vivos que no creen que ellos vayan a tener que morir, esos ya no se acuerdan de ti. Es como si tu muerte no solo hubiese dado por terminado tu vida, sino que también la hubiese anulado. Por un tiempo, muy poco, aún permanecerás en la lista del furriel como el patético objeto de un discurso necrológico, pero tú, el hombre, ya no existes, y es como si nunca hubieses existido. Lo que está allí abajo no es más que carbono y sulfito de hidrógeno, tapado por los harapos de un uniforme; a eso es a lo que llamamos muertos.

Michel Corday escucha conversaciones callejeras en París.

Por las calles se oyen los pequeños proyectos que planifica la gente. A menudo dicen “cuando acabe la guerra, yo...” en el mismo tono tranquilo en el que dicen “después de ducharme, yo...” Clasifican este devastador acontecimiento mundial bajo la misma categoría que las catástrofes naturales. Sin sospechar por un momento que ellos mismos podrían ponerle fin, que la parasitaria pervivencia de la guerra se fundamenta en su consentimiento.

Extractos de dos de los 227 fragmentos en que se divide un libro que puede afectar al sueño.

miércoles, 20 de julio de 2011

Escopeta de feria


(Autor: Tonymadrid Photography. Excelente, por cierto).


Tiré mucho a los palillos aunque no recuerdo que acertara. Pero recuerdo. Abro la carabina, sujeto el cañón, meto el balín, apunto y fallo. O la cosa es difícil y tengo mal pulso o va a ser verdad que el feriante es un hábil armero.

Tengo la impresión de que la opinión pública es una feria de incautos disparando con escopetas de feria. El resultado es un peligroso baile de balines en el que demasiados apuntan a donde no deberían. Me incluyo.

Esto tiene que ver con las fijaciones que tanto me llaman la atención últimamente. Tras una infancia tirando dinero en la caseta veo claro que de adulto hago algo parecido: al fin y al cabo nuestras fijaciones son escopetas de cañones trucados.

Por una vez decido, confío en que sabiamente, no gastar dinero en el engañabobos. Al menos hoy.

domingo, 10 de julio de 2011

Afinidades

Cada vez me rindo más a las inclinaciones. Las mías o las de cualquiera. Son las que rigen nuestras vidas de un modo que casi me molesta por lo que tiene de incorregible.

Son nuestras poderosas inclinaciones las que determinan a quién prestamos atención, a quién perdonamos sus errores, en quién confiamos y a quién nada de nada de todo lo anterior, seguro que injustamente. Podemos intentar razonarlo y casi podremos hacerlo, pero finalmente será una cuestión de afinidad, un vínculo psicológico intuitivo e inevitable que guiará nuestra actitud frente a los otros en cualquier ámbito de nuestras vidas.

Reconozco que esgrimir el instinto puede ser solo pereza, un modo de eludir tener que razonar lo que me resulta demasiado complejo para dejar de ser misterioso, y tal vez sea así, pero es lo que mejor explica, entre otras muchas cosas, por qué unos personajes de cualquier historia me gustan y otros no, y por qué suelen ser siempre los mismos. Viendo “Game of Thrones” he vuelto a comprobar que no me agradan especialmente los héroes ni los villanos, que reservo mi afinidad y simpatía para los simples supervivientes que no se toman demasiado en serio a sí mismos ni a su papel en el mundo, salvo cuando las circunstancias lo requieren verdaderamente.

De todas las casas y cortes



me quedaría con Tyrion, hijo de Tywin



y con su impagable acompañante que ni siquiera aparece en el cuadro de honor: Bronn, hijo de..., como él dice, uno a quien seguro que no conoceríamos.



Visto el trágico curso de la trama, diría que son ellos los únicos que sabrían disfrutar apropiadamente de un día soleado.