Un infame colega estaba estafando a sus clientes. Ahora son nuestros. Debo hacerme cargo del asunto. Tenía curiosidad y ganas de lanzarme sobre el expediente. Ya es mío. Soy un cuáquero justiciero, ya se sabe, así que debiera sentirme satisfecho, pero es empezar a analizar las tropelías, las falsedades, el elaborado engaño, la burda vanidad expresada en imposibles membretes, la codicia desenfrenada y empiezo a sentir una desesperante incomodidad. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede seguir adelante el farsante? ¿Cuándo pensaba detenerse?
Desde este momento es un mísero incauto. Está acabado y aún no lo sabe.
No soy exactamente un cuáquero no teísta pero a veces me lo parece. Por eso no sé mentir sin que se me note. Desde hace tiempo observo que también le pasa a Mariano Rajoy. Puede parecer que ese rasgo incapacita a uno para ser abogado, o político, pero puedo asegurar que no. Si las cosas se ponen feas siempre queda el recurso al autoengaño para salir del paso. El procedimiento es sencillo: uno toma una pequeña parte de la realidad, profundiza en ella hasta llegar a un punto firme del hoyo y se concentra en abstraerse de todo lo demás durante el tiempo necesario. A pesar de los escrúpulos, con suficiente práctica uno termina siendo capaz de creerse cualquier cosa o de parecer que cree en ella.
Algo así me sucede en estas elecciones. Creo que el domingo voy a mentir con mi voto y estoy seguro de que se notará. Por eso llevo varios días con una severa dieta de autoengaño. Concentro de tal modo mi atención en las palabras de los que me disgustan y hago de tal manera oídos sordos a los mensajes y actitudes de los más afines que casi estoy convencido de que votaré lo correcto, aunque tendré serias dudas si soy sincero conmigo mismo.
La de vueltas que se puede llegar a dar a un irrelevante voto y todo únicamente por tratarse del propio.
El debate fue un fiel reflejo de la inutilidad de la campaña. El resultado está definitivamente decidido a favor de una vaga esperanza y no hay nada más que decir.
Y ahora vayamos a lo que importa: el dichoso juicio del viernes plagado de peritos, esos expertos de aire pendenciero que siempre están a salvo de la responsabilidad de sus errores. ¿Dónde los he visto antes?
No me puedo creer que la campaña electoral apenas haya comenzado y me desespera pensar que le restan dos semanas. Y yo con estos pelos y sin saber qué haré el 20-N. En mi desconcierto he acudido a un oráculo, solo para descubrir que el partido que al parecer más se me acerca es uno al que me niego a votar.
Las encuestas dicen que todo está decidido y parece evidente que así es. Y mi inestable voto, esa insignificancia, está por decidir y solo puede acabar en una opción perdedora de la que, al menos como asegura el oráculo, estoy demasiado lejos. Tengo que hacérmelo mirar.
Soy un indeciso y aunque mi nombre es Legión no tiene ninguna importancia esta vez: la indecisión terminará disolviéndose en la potente corriente de fondo.
Han pasado casi tres años desde que él murió. Me doy cuenta algo tarde de que no son muchos. He reunido a la viuda y a sus hijos en el despacho para comentarles la estrategia del juicio y preparar su interrogatorio. Enfrascado en los detalles jurídicos he olvidado que tendré que referirme constantemente al fallecido, a lo que hizo o contó en sus dos últimos años de vida. Descubro de pronto que me resulta difícil encontrar el modo de referirme a él, cómo llamarle. Tenía que haberlo pensado antes. Casi desde el principio de la reunión observo la emoción del hijo más pequeño y el paulatino desmoronamiento de la viuda. Comprendo que debo dirigirme al más duro: el hijo mayor, el que vivía y trabajaba con el padre. Presumo que es el que más se parece al difunto y noto su velada irritación por la debilidad de los otros.
Termina la reunión y nos despedimos afectuosamente. Mientras recojo el expediente y salgo de la sala donde hemos estado no puedo evitar la pesada sensación de abandonar un inesperado velatorio.
Cualquier grave crisis económica es una crisis política. En esas circunstancias el deterioro de los índices de confianza en las instituciones públicas es una lógica evidencia y, al menos en cuanto a algunas de ellas, está plenamente justificado. Lo llamativo es el significativo avance en la confianza que despiertan los medios de comunicación en estos difíciles tiempos de incertidumbre.
Ando dudando: me sonrío o me sonrojo. Soy lo bastante adicto a los medios de comunicación para haber comprobado cómo, desde que guardo memoria y en términos generales, incurren sistemáticamente y sin rubor en los mismos graves defectos que no se cansan de denunciar en un tono cada vez más indignado. Creo que no me equivoco al apreciar un panorama periodístico tan mediocre y cantinero como el político, que deja como resultado una maltrecha, cuando no simplemente delirante, opinión pública.
Las crisis refuerzan y agudizan un principio invariable: es tan fácil señalar los errores, siempre tan abundantes, como difícil es encontrar las sendas correctas, siempre tan pocas y tan ocultas. Y buena parte de los medios de comunicación no, no son un buen camino hacia ninguna parte que merezca la pena.
Son varias las claves y sucesos históricos que explican el comunicado de ETA del pasado 20 de octubre. El momento en que lo mejor y más valiente de la sociedad levantó la voz y llamó al terror por su nombre, públicamente y en los propios lugares que habita. El momento en que las autoridades francesas emprendieron la persecución al otro lado del frontera. El momento en que empezó a perseguirse penalmente, más allá de los comandos, la compleja estructura económica y societaria de quienes apoyaban la violencia. El momento en que el brazo político de la organización fue formalmente deslegitimado y expulsado del juego institucional, haciéndole ver que solo el firme rechazo de la violencia podría permitirle el retorno. El enjuiciamiento de los portavoces políticos y, en suma, el conflicto de intereses entre éstos y los pistoleros. Las detenciones de los miembros activos de la banda y el sucesivo descabezamiento de la organización, realizado cada vez más rápidamente. El sentimiento de derrota e inutilidad gestado en las prisiones.
La prudencia nos recuerda que la palabra del fanático no merece confianza, pero dado el contexto es improbable una vuelta atrás. Y aunque no puede desaparecer la responsabilidad por el terrible dolor injustamente infligido ni cabe esperar sin más el fin de la sinrazón que sigue dominando a los que hasta hace poco respaldaron el terror, no es sensato despreciar la importancia histórica de la última escena. El fanático no cambia de un día para otro, puede que incluso nunca, pero en cualquier momento puede poner punto y final a su estrategia violenta.
Quedan retos difíciles, como los que siempre existen después de una sufrida victoria. El nacionalismo, origen y alimento del terror, sigue intacto, lo sé, pero no puedo evitar alegrarme, aunque sea amargamente, mientras brindo comedidamente por el adiós a los mafiosos en la imaginaria compañía de quienes no pueden ya hacerlo.
Sigo sosteniendo que el nacionalismo es un rumbo político equivocado. Hablo de rumbo porque nada permanece en el mismo sitio y no creo que haya métodos fiables para identificar lugares donde convenga quedarse quietos, de manera que probablemente debamos conformarnos con juzgar pasos o trayectorias, tratando de elegir los mejores. Insisto, el nacionalismo es uno de los peores, un viaje organizado en dirección contraria a la que sugieren la razón y la compasión.
El nacionalismo es una enfermedad política que engendra partidos enfermos y al mismo tiempo enferma a cualquiera que entra en contacto con él. Hay varias cepas que inciden sobre diferentes poblaciones de riesgo, tanto a derecha como a izquierda del arco. Nadie está a salvo. Lamento especialmente comprobar una vez más que cierta parte de la socialdemocracia está gravemente infectada por la variante periférica del nacionalismo, la misma que parece ser ya endémica en Cataluña.
En ocasiones el cine (o la televisión que puede llamarse tal) me emociona con una intensidad que no logra ninguna otra experiencia común. Es lo que tiene ser un sentimental. La música es un ingrediente indispensable y primordial en cualquiera de esas sacudidas emocionales, como la que viví con la última película de Terrence Malick, otro tipo sentimental, sin duda. En ella, entre la banda sonora original de Alexander Desplat y un amplio conjunto de piezas clásicas, sobresale una obra de François Couperin, Les barricades mystérieuses, música barroca de brillo universal que permite concentrar el poético argumento de la película...
... y saborear al mismo tiempo el recuerdo de un buen día de cine.
Si disfrutar o no de una película es siempre un asunto estrictamente personal y misterioso, en este caso lo es aún más si cabe.
Nuevamente son las inclinaciones, el natural sentido que atribuimos a la vida y el modo en que finalmente nos reconciliamos con ella. Es el camino que va mostrando nuestra consciencia cuando nos detenemos a emplearla.
Sé que hay varias respuestas pero estoy de acuerdo con la suya, Mr. Malick.