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viernes, 30 de marzo de 2012

Business & Law

Me insatisface tanto mi profesión que la denigro siempre que tengo ocasión. Pero debo reconocer que la retorcida mirada que los abogados acabamos adquiriendo a fuerza de práctica puede ser ocasionalmente útil. 

Como nos alimentamos de disputas y conflictos desarrollamos de modo natural buen olfato para seguir el rastro de problemas y anticiparlos o, lo que es casi lo mismo, para olisquear oportunidades de negocio. Al igual que los depredadores perciben los síntomas de debilidad de la presa más indefensa, los abogados solemos percatarnos antes que nadie de los errores del legislador bienintencionado, descubriendo la forma de eludir la norma -lo que concede valor a nuestro asesoramiento- o advirtiendo la fuente de conflictos -y de pleitos, ¡de negocio!- que se esconde detrás de cualquier disposición elaborada sin suficiente cuidado.

El Parlamento está lleno de abogados pero en el lugar equivocado. Si fuera un déspota los sacaría de los escaños -sobran soflamas de picapleitos-, pero contrataría a un selecto puñado de colmillo retorcido para que, con carácter preceptivo y previo a la aprobación de las leyes, informara sobre las oportunidades de negocio que lamentablemente éstas pudieran ofrecer, ya fuera en forma de lagunas que aprovechar o de litigios que promover por dudas interpretativas. Si además de déspota fuera inteligente, prestaría mucha atención a las observaciones de los mejores colegas para corregir la bendita norma antes de promulgarla.

Urge el control de calidad de las normas. Por el bien de todos, fundamentalmente, y el mal de unos pocos, de paso.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pesadillas

Cada profesión tendrá las suyas. Y hay una pesadilla, o varias, para cada momento de la vida. En mi juventud la pesadilla más recurrente tenía que ver con exámenes que había olvidado. La pesadilla de los abogados tiene que ver con juicios a los que por error no asistimos o plazos que dejamos pasar sin contestar o recurrir.

El otro día no tuve una pesadilla, la viví despierto. El cliente nos comunicó que el juicio se había celebrado sin nuestra asistencia. Sudor frío. Nada de agitación, sino momentánea parálisis y una palidez que podía percibir sin verla. La pesadilla duró lo que tardé en averiguar lo sucedido y en confirmar que el error no fue mío. Unas horas. 

Maldito estrés.

sábado, 10 de marzo de 2012

Mal día

He tenido que hacer de abogado.
La parte contraria me ha convencido pero mi deber profesional me impide reconocérselo.
He sido engañado por mi cliente pero he debido alegar a su favor con aparente convencimiento.
He tenido que hacer de abogado, que es a lo que llamo tener que defender algo sin buenas razones para hacerlo.
He tenido un mal día.

viernes, 17 de febrero de 2012

Mi reino por un recurso

Entre las reformas introducidas por la Ley 37/2011, de 10 de octubre, de medidas de agilización procesal, se encuentra la limitación del ámbito del recurso de apelación en el orden civil. La exposición de motivos de la Ley justifica así esta novedad: "se excluye el recurso de apelación en los juicios verbales por razón de la cuantía, cuando ésta no supere los 3.000 euros, tratando con ello de limitar el uso, a veces abusivo, y muchas veces innecesario, de instancias judiciales".

De modo que algunos piensan que se recurre demasiado. A veces es cierto, desde luego, pero tan cierto como que a veces recurrir es lo único sensato. A veces tengo a impresión de que todo, sea lo que sea, ocurre a veces y no es fácil contarlas. Y lo digo yo, que recurro lo justo, casi nada, que bien sé, como me enseñaron hace quince años, que confirmar es de obispos y revocar, de albañiles.

Se ve que los recursos tienen mala imagen entre los que andan enfrascados en la reforma de la Administración de Justicia, con independencia de su orientación política. Los recursos son vistos por unos y otros como un instrumento del que se abusa en exceso, aunque me parece que se olvida demasiado alegremente su utilidad como mecanismo que tiende a mejorar la calidad de la función jurisdiccional, vuelve más uniforme la aplicación de la Ley y contribuye a la seguridad jurídica.

La búsqueda de un diseño procesal óptimo es cuestión compleja y yo solo estoy para contar experiencias, batallitas sin trascendencia. Como la del otro día, cuando me tropecé, diría que con cierta violencia, con la reforma. Unos meses atrás había llevado un asunto en principio sencillo: la reclamación de una factura de un cliente habitual del despacho. En aquella ocasión se desestimó en primera instancia nuestra demanda, aunque prosperó el recurso de apelación que interpusimos, de modo que logramos finalmente la condena del demandado al pago de la factura que nos discutía. Hace unos días volví al mismo juzgado, ante el mismo juez, con el mismo cliente, en defensa de una factura similar y enfrentado a una oposición muy parecida del nuevo demandado. Por un momento me sentí atrapado en el tiempo aunque realmente sabía que había transcurrido. Todo era igual pero completamente distinto. Dada la cuantía de la reclamación, la reforma legal nos había privado de  la eventualidad de una apelación. Sin la esperanza de un recurso, era consciente de estar definitivamente sometido a la inapelable decisión de un juez que ya se había pronunciado desfavorablemente en un proceso esencialmente idéntico. Respirando el aire de la nueva era procesal y cargado de funestas certidumbres, entré en la sala para representar dignamente mi inútil papel en un drama ya escrito.

Y sí, por supuesto, el magistrado, de extraordinaria e infrecuente cortesía por cierto, ha desestimado nuestra demanda por las mismas razones que fueron antes desautorizadas pero ya no podrán serlo. Tal vez ha disfrutado con algo que se parece a una venganza y que guarda cierto parecido con una pequeña prevaricación, al menos si uno la observa con los rigurosos ojos de la Sala que ha condenado recientemente a Baltasar Garzón.

martes, 13 de diciembre de 2011

¡Boum!

Llevo demasiado tiempo enfrascado en el asunto de la estafa. Ha decaído el entusiasmo con el que lo tomé en mis manos. La razón es que a pesar de presumir de compasivo, descubro con disgusto que el placer que me proporcionaba el expediente surgía de un pueril afán de venganza. 

La impugnación se presentará mañana. Nuestro colega se ha revuelto amenazante cuando ha tenido noticia de lo que estamos tramando. El pobre diablo ha intentado su último salto mortal pero ya no hay forma de apagar la mecha de la bomba que lleva atada a las manos. 

Ya no hay entusiasmo.

martes, 29 de noviembre de 2011

Truhanes

Un infame colega estaba estafando a sus clientes. Ahora son nuestros. Debo hacerme cargo del asunto. Tenía curiosidad y ganas de lanzarme sobre el expediente. Ya es mío. Soy un cuáquero justiciero, ya se sabe, así que debiera sentirme satisfecho, pero es empezar a analizar las tropelías, las falsedades, el elaborado engaño, la burda vanidad expresada en imposibles membretes, la codicia desenfrenada y empiezo a sentir una desesperante incomodidad. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede seguir adelante el farsante? ¿Cuándo pensaba detenerse?

Desde este momento es un mísero incauto. Está acabado y aún no lo sabe. 

Lo sabrá en cosa de diez días hábiles.

sábado, 29 de octubre de 2011

Duelo

Han pasado casi tres años desde que él murió. Me doy cuenta algo tarde de que no son muchos. He reunido a la viuda y a sus hijos en el despacho para comentarles la estrategia del juicio y preparar su interrogatorio. Enfrascado en los detalles jurídicos he olvidado que tendré que referirme constantemente al fallecido, a lo que hizo o contó en sus dos últimos años de vida. Descubro de pronto que me resulta difícil encontrar el modo de referirme a él, cómo llamarle. Tenía que haberlo pensado antes. Casi desde el principio de la reunión observo la emoción del hijo más pequeño y el paulatino desmoronamiento de la viuda. Comprendo que debo dirigirme al más duro: el hijo mayor, el que vivía y trabajaba con el padre. Presumo que es el que más se parece al difunto y noto su velada irritación por la debilidad de los otros.

Termina la reunión y nos despedimos afectuosamente. Mientras recojo el expediente y salgo de la sala donde hemos estado no puedo evitar la pesada sensación de abandonar un inesperado velatorio.